La
fiesta llega con el buen tiempo y el despertar de la Naturaleza. Pero
no es una lucha contra ella, sino un aprender de ella en que todas las
generaciones cobran su protagonismo. Mientras en la ciudad los niños
creen que la leche viene de la fábrica, se les oculta el origen
de la carne que comen, y los animales viven hacinados y parecen más
una fábrica de proteínas donde interesa que tengan un
crecimiento tan rápido como el ajetreo de las personas que les
van a consumir, todavía hay algunos pueblos donde tienen importancia
esas pequeñas cosas que dejamos en el camino a esa carrera desenfrenada
que llevamos a ninguna parte. En la Rapa el ciclo de la vida se muestra
en todo su esplendor y dureza, y no es raro ver a los aldeanos observar
extasiados la belleza de los animales.
Aunque
la fiesta tiene un programa marcado rigurosamente, el ritmo lo marcan
los animales, que no están dispuestos a dejarse coger.
Por
la mañana comienza su búsqueda. Es un rito eminentemente
comunitario, donde es necesaria la colaboración de todos. Los
ojeadores y los que acorralan y dirigen los animales al punto de reunión
y descanso en el monte. Unos van orgullosamente a caballo, otros en
motos y quads, pero sigue habiendo aquellos que van a pie saltando por
encima de los brezos monte arriba, bajo un Sol de justicia como si no
hicieran nada. Es el momento donde los chicos y chicas exhiben todas
sus habilidades lejos de los convencionalismos de las calles del pueblo.